EN LA PUERTA DE LA IGLESIA
- Pedro Rodríguez

- hace 1 día
- 2 min de lectura
25 DE JULIO DE 2026
Desde hace quince años, una mujer se sienta en los escalones de mármol blanco de la puerta principal de la Iglesia de la Concepción.
Siempre viste igual: un largo vestido negro, un pañuelo anudado que le cubre la cabeza y parte del rostro, y una expresión serena que el paso de los años ha ido dibujando entre sus arrugas.

Detrás de ella descansa un carrito de la compra donde muchas personas depositan alimentos, ropa o cualquier ayuda nacida de la solidaridad.
Se llama María. Tiene setenta y nueve años, siete hijos y cuarenta y tres nietos.
No sabe leer ni escribir, pero conoce mejor que nadie la vida cotidiana de la parroquia.
Cada vez que Roberto, el sacristán, coloca un cartel en el tablón de anuncios, María le pregunta con toda naturalidad: “Oye, hijo, ¿qué dice eso?” La escena se repite una y otra vez.
En las puertas de las iglesias siempre ha habido personas pidiendo ayuda. Son lugares donde la fe suele caminar de la mano de la caridad.
Quien sale de misa después de escuchar el Evangelio suele llevar el corazón más dispuesto a compartir con quien menos tiene.
Es una tradición tan antigua como los propios templos.
La figura del pobre ha formado parte, desde hace siglos, del paisaje de nuestras iglesias.
Y ese es el caso de la buena de María. Después de tantos años sentada junto a la puerta de la Concepción, ya forma parte del paisaje humano de la calle Concepción.
Roberto habla de ella con enorme cariño. Dice que jamás ha dado un problema y que cada mañana llega desde el barrio de Marismas del Odiel para ocupar su rincón de siempre.
ES UNA MUJER SERENA, EDUCADA Y HUMILDE…
Mi mujer, Carmen, mantiene con ella una entrañable relación. Ayer, pasamos por allí. María la vio enseguida y la saludó con una sonrisa.
Nos acercamos. “¿No tienes calor?” —le preguntó Carmen-.
Ella respondió con una sola palabra, rotunda y sincera: “No”. Y eso que el calor apretaba de verdad.
Aproveché para decirle que le había hecho unas fotografías y preguntarle si le importaba que escribiera sobre ella.
Me respondió con una sencillez que emocionaba: “No, hijo. Escribe lo que quieras… pero que sea para algo bueno…”
Nos despedimos. No conozco su apellido. Quizá ella misma apenas lo utilice ya.
Se quedó allí, sentada frente a la puerta principal de una iglesia con cinco siglos de historia, acompañada únicamente por su carrito y las bolsas que algunas personas le habían dejado.
Antes de marcharnos aún nos dijo algo que explica muchas cosas: “Mire usted, yo vengo todos los días. Algunos no necesito nada.
Pero ya es una costumbre. Y así me alejo un rato del ruido de mi casa, con tantos hijos y tantos nietos.
Eran las doce del mediodía. La iglesia permanecía cerrada y María regresaría poco después junto a los suyos.
Mientras la observaba pensé que existen personas que, sin hacer ruido, nos enseñan cada día una gran lección de dignidad.
María es una mujer serena, honrada, amable, educada y profundamente humilde.
Una de esas personas sencillas que, sin proponérselo, terminan formando parte de la memoria sentimental de una ciudad.




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