LÁGRMIAS POR EL TIRANO
- Pablo Gea

- hace 4 días
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HUELVA, 11 DE ENERO DE 2026
Desde el mismo momento en que Maduro cayó, las muestras de júbilo exhibidas por los exiliados venezolanos en España se han visto vilmente empañadas por contra-manifestaciones dirigidas a oscurecer la alegría manifiesta. Y lo que es peor y más vil, a derramar lágrimas por quien a todas luces es un tirano y un asesino.

Bajo la ambigua y oportunista justificación de los motivos espurios que pudieran tener los Estados Unidos, de la acción unilateral y de la violación de la soberanía de los estados, lo que precariamente se esconde es la defensa a pecho descubierto de un régimen que ha generado la mayor catástrofe humanitaria del siglo XXI. Aquellos que se lanzaron belicosamente contra Israel a causa del conflicto de Gaza, y que han enarbolado siempre la bandera de la defensa de los refugiados habidos y por haber, son los que se han pasado casi veintisiete años no sólo mirando para otro lado, sino justificando lo injustificable y cobrando por ello.
Y no es sólo que los vínculos económicos entre el chavismo y los líderes de Podemos estén a estas alturas más que probados -fuentes oficiales del propio régimen bolivariano mediante- sino que, además, a través del Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), se canalizó la influencia del chavismo en España con el propósito indisimulado de implantar el llamado ‘Socialismo del Siglo XXI’, que es lo mismo que el Socialismo del siglo XX. Vínculos que a buen seguro quedarán ensombrecidos por lo que la Justicia estadounidense pueda sacar respecto a las relaciones de Caracas con el gobierno de Pedro Sánchez, el espectacular incremento de la fortuna de José Luis Rodríguez Zapatero, el encuentro de Ábalos con Delcy Rodríguez en Barajas, los lingotes de oro, y el rescate de Plus Ultra.
Si bien es cierto que Roma no paga traidores, el cinismo y la hipocresía de quienes se dicen defensores a ultranza de los Derechos Humanos llega hasta el desparpajo cuando se tiene la piel tan fina a la hora de hablar del derrocamiento de Nicolás Maduro, y tan gruesa a la hora de pasar por alto las innumerables violaciones de la legislación internacional por parte de la revolución chavista mediante el asesinato, la tortura, el falseamiento electoral, el encarcelamiento de opositores, el exilio, el hambre, el expolio, la corrupción y el narcotráfico.
No hay que olvidar que estamos ante un sistema político que ha dejado los supermercados sin papel higiénico, las viviendas sin agua corriente y las ciudades sometidas a apagones que avergonzarían al que sufrimos hace unos meses. Un sistema que impide que Venezuela pueda refinar su propio petróleo y tenga que importarlo, que ha dejado las minas a cargo de organizaciones criminales, cuyos dirigentes son líderes del Cártel de los Soles, y que emplea el narcoterrorismo como instrumento de presión internacional.
Los que salen ahora a las calles para protestar por la caída de Maduro son cómplices morales de todo esto. Son los mismos que se negaron a apoyar a Ucrania cuando fue invadida por Rusia, que miraron hacia otro lado cuando el dictador sirio Bashar al-Ásad exterminó a la población civil, que se hicieron los suecos cuando Sadam Hussein bombardeó con armas químicas a los kurdos, y que ahora mismo pasan olímpicamente de las protestas que amenazan con derrocar al régimen de los ayatolás en Irán.
A la hora de la verdad, la izquierda española está siempre en la trinchera de los regímenes y grupos más siniestros. Son quienes, frente a las democracias, se sitúan constantemente con los dictadores y con los terroristas. Lo hacen tanto dentro como fuera de las fronteras de nuestro país. No es siquiera ceguera consciente, es el convencimiento criminal de que están en el lado correcto de la Historia, colaborando activamente con aquellos que desean ver destruida la civilización occidental. Que, con sus contradicciones e imperfecciones, es la que ha generado el mejor marco de convivencia posible dentro de unas circunstancias que no siempre son las ideales.









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